En Patraix está la memoria valenciana

Un lugar donde la cultura es importante es un buen lugar para vivir

Patraix es una parroquia de Valencia ubicada en el suroeste de la ciudad. Al parecer en tiempos de los árabes fue en una alquería o comunidad rural y a finales del siglo 19 se integró a la ciudad, como otras tantas poblaciones aledañas. En Patraix hay de todo lo que hace falta en una comunidad urbana: hay centros médicos, mercados, bibliotecas, centros de mayores, espacios culturales, hay iglesias y plazas, hay edificios y hay casas antiguas que nos permiten saber cómo era la ciudad en el pasado. Quedan chimeneas y naves industriales como vestigios de una actividad industrial pasada. En una de ellas, precisamente, está el archivo fotográfico del Ayuntamiento de Valencia, o sea que Patraix se custodian miles de imágenes que forman parte de la memoria de la ciudad.

Me gusta caminar por las calles de Patraix, me gusta sentir su tradición e historia, me gusta también lo que es hoy, su diversidad cultural que se nota en los diversos acentos e idiomas que se escuchan, los grafitis que hay en los muros, las canciones que se oyen, los niños que gritan, corren y juegan en sus plazas y colegios. En fin, Patraix es una de las sucursales de la vida. Y hay otra cosa, me recuerda mucho a Chacao, otra parroquia de la lejana Caracas, donde tanto viví, y donde durante tantos años recorrí sus calles. Definitivamente los lugares influyen en la percepción que uno tiene del mundo.

Fan de mí mismo

Me he dado cuenta, tras muchos años viviendo dentro de mi piel, de que amo con locura todo lo que soy y lo que hago por lo tanto declaro que soy el principal fan de mí mismo. ¿Cuál es la consecuencia práctica de esa declaración?, me pregunto. Bueno, lo lógico en estos casos es crear un club de admiradores, me respondo. Es verdad, me digo, muchos artistas famosos tienen sus clubes. Y yo lo soy, por lo tanto merezco el mío propio. Bien dicho, me dije. ¿Y cuál sería el siguiente paso?, interrogué a continuación. Pues lo usual es elegir una directiva del club, comenzando por un presidente. ¿Directiva? ¿Presidente? Claro, un club es una organización que requiere funcionar de la mejor manera posible, así que lo conveniente en estos casos, es elegir una junta directiva que lleve sobre sus hombros la pesada carga organizacional y administrativa. Suena muy apropiado y me parece que todo indica que yo debería ser el presidente. Un momento, una directiva de cualquier organización no puede ser impuesta a dedo, tiene que ser producto de una elección entre los miembros. Pero, dado que el único miembro del club soy yo, está claro que debo ser el presidente. No veo la necesidad de ser tan explícito, esa autoproclamación puede ser vista como una forma de autoritarismo narcisista. ¿Ah sí? A mí no me importa. Este es mi club de fans y yo decido que lo presidiré en persona, así que no se hable más. A partir de este momento yo soy el presidente y no admitiré que se pongan en cuestionamiento mis potestades.

He empezado a odiarme.

Epílogo: el impasse pudo finalmente ser solucionado nombrando un director ejecutivo.

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